Saludos, amable lector. Mi nombre es el que aparece abajo. Estudio el Anonismo desde antes de que existiese casi, o al menos desde antes de que se pusiera de moda (para muchos, no estar de moda es sinónimo de no existir). Vamos, que estudio algo parecido a la Teología, pero sin ser tan aburrido; además no estudio en un seminario, sino en un semanario: un sitio al que voy una vez a la semana y debatimos nuevas teorías e hipótesis acompañados de un tazón de Jack Daniels. ¡Y menudas conclusiones sacamos! Sólo tuvimos que descartar aquella de que si Paco Gorzas tuvo dos cabezas, algo totalmente imposible, pues hubiera hecho más de lo que ha hecho, a no ser que una de esas dos cabezas no hubiese tenido cerebro… ¡anda! ¡Ya tenemos tema para esta semana!
En fin, no me desvío más. ¿Por qué existe el Anonismo? Pues porque en todo, absolutamente todo, existe un lado contrario. Todas las cintas tienen cara A y cara B, menos las de vídeo: un día tenía una llena y decidí darle la vuelta para ver si me cabía otra película en la cara B, y cuando los cabezales empezaron a sonar como castañuelas… me compré un DVD. En fin, lo dicho. El mundo está lleno de “Caras B”. Pepsi existe porque existe Coca-Cola. Burguer King, porque existe McDonald’s, y así muchas más. Pues bien, el Anonismo existe porque el mundo se empeñó hace no se cuantos miles de años en tener religiones. El Anonismo en realidad no es una religión, pero le llamamos así para no cansarnos en explicar lo que es exactamente. Diferencia: las religiones son tan realistas como el cuento de “Los Tres Cerditos” o “Caperucita Roja”. Claro que Dios creó el mundo: un mundo con lobos capaces de tirar de un soplido una casa entera. Claro que Dios creó a los animales: los lobos, capaces de albergar a 3 personas en su estómago sin digerir (para que el cazador lo mate y las saque). El lobo, ese animal todo poderoso. ¿Recordáis también cuando se come a los 11 cabritillos, menos a uno? ¡Y porque no lo encontró! Lo que me extraña es que Jonás fuese engullido por una ballena, y no por un lobo.
Después está Mahoma, dando vueltas por el desierto, se le aparece Alá y le dicta el Corán. ¿Qué hacia este hombre dando vueltas por el desierto? ¿No le daría una insolación y lo soñó todo? ¿O encontraría una planta con capacidades alucinógenas allí, que cuando probó, exclamo: “Hala!”? No lo sé, pero me parece poco lógico.
Y ya no hablemos del Hinduismo: diosas con seis brazos. Los choris de mi barrio tienen sólo dos y bien que roban bollycaos en el colmado de Doña Manuela.
Con lo cual solo nos queda creer en el Anonismo, que parece que no esté (de ahí Anonismo, de “Anonimato”) pero al menos es real. Y me diréis ¿cómo es que el propio Paco Gorzas está escribiendo en este blog historias que ocurrieron hace tanto y pico de años? ¿Acaso es inmortal? ¡Si eso tampoco existe! Pues bien, tiene una explicación bien sencilla: herencia. El Paco Gorzas de aquellas historias es el abuelo del abuelo del abuelo del abuelo y así en un bucle bastante largo del abuelo de nuestro Paco Gorzas actual. Los Paco Gorzas por tradición sólo podían tener un hijo, al cual habían de llamar Paco Gorzas, y así hasta nuestros días. Os preguntaréis qué pasaba si tenían una hija: nada. También la llamaban Paco Gorzas. De hecho, Doña Paco Gorzas y Monteloszorros fue una de las varias amantes de Alfonso XIII. Y así, nuestro Paco Gorzas siempre ha estado presente en el tiempo. Como esos superhéroes o villanos que parece que nunca mueran pero en verdad es que al hijo le ponen el nombre del padre y la madre con la máquina de coser le hace el traje a medida y ya está.
En resumen: todos creen en Dios, pero nadie le ha visto (y mira que me he pasado horas mirando al cielo por si le veía, dejando de lado cosas tan importantes como trabajar). En cambio no pueden creer en Paco Gorzas, que nadie le ha visto tampoco, pero porque es tímido, y además, le veis escribir aquí. ¿Hacen falta más pruebas?
En fin, dejo de darles la paliza por hoy, seguiré, claro que seguiré, en otro mensaje. Adiós, digo Apacogorzas, un cordial saludo sin contacto físico.