jueves, 06 de enero de 2005

LA JUACOTA

LA JUACOTA



Nos encontramos en la residencia de ancianos La Juacota, allí vive (bueno, "vive") Godofredo, un joven de 85 años con escasa fe de vivir mucho más. Aún conserva algo de fuerza de sus tiempos mozos, de cuando era matador de cerdos. Pero esto hablando de fuerza física pues su fuerza mental ya está casi ausente y le cuesta mucho poder recordar, en múltiples ocasiones, incluso su propio nombre.

-De joven yo era muy gracioso –dice a una enfermera de la residencia- como no era muy guapo para ligarme a las zagalicas les contaba chistes. Fíjate, si para llevarme a la cama a mi difunta esposa le conté un chiste de Jaimito.

-Pero ¿Qué dice? Si su esposa sigue viva. Está en la habitación 561.

-¡Pero como si lo estuviera! Tú tranquila, chiqui, que podemos irnos tranquilos a la cama juntitos, que ella ya no duerme conmigo y no se pondrá celosa.

-¡Uih abuelo! ¡Que me parece que alguien está pidiendo a gritos que le den su medicación!

El pobre hombre ya había perdido la fuerza de las piernas desde hace años y va en silla de ruedas. Posee una cara llena de arrugas y unos ojos azules saltones o profundo (no estoy muy seguro de cómo son pues no me he fijado muy bien en sus ojos), además de escaso pelo en la cima o, más bien, una calva, una preciosa calva calva. Godofredo es de ideas fijas y conservadoras y, a pesar de su escasa memoria, es muy lúcido.

-Tenga en cuenta, joven, que yo voy en silla de ruedas sólo porque soy una persona cómoda y refinada, que los que tenemos dinero nos lo podemos permitir porque así nos llevan a todas partes y sin nosotros tengamos que hacer ningún esfuerzo. ¡Pero que conste que yo me puedo levantar cuando quiera!

-Le tendré que decir a la Josefa que hay que aumentarle la medicación.

Y, como no, una ligera sordera.

-¿Qué dice joven?

-Nada, que usté tiene razón.

Y hoy, hoy era un día muy importante para Godofredo. Hará algo así como una semana que empezó a sentir como la vida se le iba agotando y acortando, fue aquel día cuando decidió redactar su testamento. Pero debido a que le azotó una fuerte gripe no es hasta hoy cuando puede redactarlo. Y ahí, en la sala de espera, le espera (como no) su abogado, Jorge Hernández. Y allí es donde lleva la enfermera a Godofredo.

-Para. ¡Para! Me bajo del coche –dice Godofredo- ¡Da la vuelta!

Como toda persona de 85 años, casada desde hace 63, y de ideas conservadoras, además de poseer un aparato reproductor de considerable buen funcionamiento, el hombre tenía hijos, y no sólo hijo sino también nietos, y no sólo nietos sino también algunos bisnietos. Y allí se encontraban ellos.

-¡Esos grandes hijos de puta! Conductor, dé la vuelta.

Como no, los grandes hijos de puta se acercaron al abuelo, para saludarlo darle besos. Esa visita tan espontánea no era tal, Godofredo sabe a lo que han venido: se han enterado de que iba a redactar el testamento y vienen a que lo escriba tal y como ellos quieran, a coaccionarlo y obligarlo a darles todos sus bienes. Y lo peor de todo es que pueden hacerlo.

Hacía ya 16 años desde que los vio por última vez. Aunque chocheaba, Godofredo realmente tenía una pequeña fortuna pues es muy ahorrador, incluyendo la casa en donde vivían todos sus hijos actualmente. Pues bien, hacía ya 16 años que los vio por última vez, esa última vez que fue la despedida de cuando lo dejaron aquí, en la residencia La Juacota. Todo ese tiempo ha estado viviendo en una especie de infierno. No había nada peor que ese lugar, o por lo menos él nunca llegó a ver nada peor. Incluso en las guerras se pasaba mejor pues era entretenido matar gente y evitar que te matasen, y si te mataban el sufrimiento ya había cesado. Pero aquí no, porque, encima de hacerte sufrir, el objetivo de todas las enfermeras del lugar era mantenerte con vida a base de medicamentos y comidas de escaso sabor.

-¡Quiero un solomillo!

-Josefa, ven para acá que este hombre está muy mal.

-Espera, no, me calmo. Ya. –dice Godofredo- Javier, vamos a ello.

-¡Oh, papá! ¿Quieres que esté contigo mientras que redactas tu testamento? Será un honor estar a tu lado.

-¡Tú no, gilipollas, aparte de mí hijo de Satanás! Jaime.. Javier.. ¡Abogado, cojones! Vamos a ello.

Jorge coge la silla de ruedas de Godofredo y lo lleva para la habitación del segundo para redactar convenientemente el testamento. Los demás familiares los siguen.

-¡Eih! ¿A dónde van?

-Hombre, a supervisar a nuestro padre, ya está viejo y no está bien que con su escasa capacidad mental le dejemos redactar el testamento solo.

-En La Juacota sabemos lo que es eso. Pero tranquilos, normalmente los ancianos dejan todo su dinero a la familia.

-En nuestro caos no es así, nuestro padre nos odia desde siempre. Nos ha tratado como si fuésemos un herpes en la polla.

-Pues como comprenderéis no puedo hacer nada, es decisión suya.

-Bueno, tranquilo hermano,. ¿A quién sino va a dejar su herencia nuestro padre? ¿A las ONGs que detesta? ¿A alguna Iglesia en la cual ya no cree? ¿Al Estado en el que ya no confía? Tranquilo, que nuestro padre nos dará la fortuna, no hay ningún problema. Como mucho el dinero se la daría a nuestra madre, que padece alzheimer y cuyo testamento ya lo redactamos hace tiempo.

-No sé yo, no me fío. Existen muchas otras personas y organizaciones a las que darle el dinero.

Y ahora que aparece Jorge, abogado de Godofredo, mirando hacia abajo y bastante apático.

-Vuestro padre, Godofredo, acaba de suicidarse.

De pronto, donde tiene que haber un silencio de tristeza, se oye una voz que dice:

-¿Y el dinero a quién se lo da?

-A mí.

La familia se mira realmente asustada y los hijos comienzan a llorar. Saben que si todo eso es cierto se iban a quedar sin dinero y sin hogar.

-¡Y una mierda! Lo has coaccionado o algo para que te diese la herencia a ti y luego lo has asesinado.

-El señor Jorge es un gran amigo del señor Godofredo por lo que no es raro que le haya dejado la herencia a él.

El hijo mayor de todos le quita el testamento de las manos a Jorge y lee el testamento, comprueba que es cierto. Acto seguido, los hijos entran a ver a su difunto padre, mientras los nietos mayores se llevan a la demás familia de allí quedándose solos Jorge y la enfermera.

-Y dígame buen hombre. ¿Cómo ha muerto?

-Se ha cortado las venas, he intentado evitarlo pero no he podido hacer nada. He llamado a una de las enfermeras que habían por ahí para que lo ayudasen y luego me he salido, no soportaba estar ahí.

-Bueno ¿Y cuándo podremos cobrar nuestra parte?

-Dile a Josefa que en unos días la llamaré y repartiremos el dinero como acordamos.

-En el fondo le echaré de menos al señor Godofredo, últimamente era el único que me decía piropos.

-Todos lo echaremos de menos, señora, todos lo echaremos de menos. ¡Jajajaja!

Y así es un día normal en la Juacota. Sí, un día normal, porque es normal que en una residencia de ancianos muera personas de forma diaria. Pero pensad que, en el fondo, a Godofredo le han hecho un favor. Y, señores, no se dejen engañar por las apariencias, pasen sus vacaciones en La Juacota, no se arrepentirán.

Y si lo hacen ya será demasiado tarde.

FIN

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