Sé que el nombre de mi artículo resulta, cuanto menos, curioso. Pero tiene su explicación en una vivencia personal, y que a más de alguno de ustedes, queridos lectores, les habrá pasado. Qué simpático resulta ir con el coche de uno, parar en el stop o ceda el paso para comprobar que no viene nadie para salir, y de repente, el ciclomotor que teníamos detrás, ¡zas!, se nos cuela por un ángulo lateral del coche, casi siempre cuando aún estamos comprobando si podemos avanzar. Y me toca mucho la moral, porque si voy a girar hacia la izquierda, y se me cuela la moto por la izquierda, aparte de mirar a los lados tengo que ir pendiente de no colisionar con este vehículo del diablo. Ya no sólo porque puedo herirle (y por consiguiente, indemnizarle), sino porque el coche, que no es mío, también sufriría daños, y yo también a consecuencia, “efecto dominó” que se dice. Hablando claro: que llego a casa con medio coche abollado y rascado y mi padre me da pal pelo. En efecto, esto me duele más, que no el tontolaba que por tener prisa y querer demostrar que la moto es un hábil potro mecánico, ha sido comido por mi utilitario.
Otra versión de esto son las rotondas. Sabida es la preferencia que tienen los que circulan dentro de ésta; pues siempre tengo que dar frenazos porque aun viéndome llegar a sólo 3 metros, hay quien se atreve a salir. Claro que aquí en caso de accidente paga el otro, por invadir la calzada cuando no debía, pero mi coche se rompería igualmente y me darían pal pelo igual.
Entonces, es cuando digo esto:
quiero un tractor. En el tractor no hay carrocería lateral, como sabrán, simplemente 2 ruedas enormes delante y 2 aún más gigantescas detrás. Para el chulo de la scooter de 49 que me quiera adelantar en una curva cerrada o en la salida de un stop/ceda el paso, las lesiones serian infinitas al situarse en medio de los dos ejes, siendo posteriormente aplastado por la rueda trasera de 2 metros de diámetro, hasta el punto de fusionar su cuerpo con el de su burra mecánica. Y no menos dantesco sería el desenlace para el valiente que salta a la rotonda cuando me aproximo a 50 km/h; su coche quedaría reducido a chapitas bajo las 2 ruedas delanteras de mi vehículo, y su cabeza sentiría de bien cerca el calor del motor de mi tractor. ¿Soy un asesino? No, yo me encuentro circulando legalmente por dentro de la rotonda, cuando un energúmeno se pasa por el forro las normas de conducción y comete el acto suicida de lanzarse contra un artefacto gigante que se aproxima a 50. Alego que no pude ni frenar, y fin. Pongo cara de estar traumatizado, pero dentro de mí pienso: “que se joda y que le den mucho por el culo en el infierno”. ¿Al de la moto? Lo mismo, bajo con cara de afligido y digo “Ni siquiera lo vi, el tractor es muy alto, se coló por debajo y ni me enteré” y “Estos jóvenes de hoy día van como locos, ¡pobre madre! El disgusto que tendrá ahora…” y nuevamente pensando “esta es la última vez que se te ocurre pasar por un hueco de 1 metro al lado de una rueda de 2 metros en movimiento, te lo aseguro”. En fin, quiero un tractor, a ser posible color negro, para que recuerde más a la muerte (lo que sucede si se le ocurre a alguien cruzarse indebidamente en su camino) que no al amarillo de la canción.