jueves, 07 de abril de 2005
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CAPÍTULO III


En la taberna, la gente se concentra a todas horas, simplemente, porque es un buen lugar para charlar. La taberna poseía ese nombre tan pintoresco como la Cida pues su propietario se hacía llamar Cida, lo cual hacía que ese nombre no fuese ni mucho menos muy original. Cida era, después del Gobernante Mayor, la persona de más importante del pueblo: se encargaba de almacenar y repartir los víveres entre la población.

-Cida. ¿Sería tan amable de ponerme medio vaso de mosto?
-¡Hombre Constantino! Faltaría más. –Cida buscó tras de sí y cogió una de las pocas botellas de vino que aún le quedaban- Queda muy poco vino en la despensa, casi todo el que había se usó para celebrar la inauguración. Que desperdicio...
-Es una pena. Fíjate, que yo que pensaba pedírtelo para las eucaristías pero, tal y como me temí, vamos a tener que usar en su lugar zumo de uva.

Constantino es el único cura del pueblo, creyente del postcristianismo como tal, y de los pocos que quedaban manteniendo la fe en el Mundo. Cida le dio un vaso de mosto a Constantino y se lo llenó hasta la mitad, aproximadamente.

-Constantino, tú que estás metido en esto y que conoces bien al Tomás. ¿Sabes si pretende reponernos la escasez de vino y bebidas alcohólicas?
-Lo dudo, Cida, lo dudo. –le echó un trago al vino- Pero, sinceramente, no es lo que más me preocupa en este momento.
-¿A sí? ¿Y qué es lo que más te preocupa? Lo dices de un forma muy preocupante.
-Me preocupa, querido amigo, que a la gente le preocupe la escasez de bebidas y la preocupante aversión humana al sacrificio.

De repente, un hombre moreno, de ojeras abultadas y de unos treinta años de existencia, se acercó a la barra justo donde se encontraban Cida y Constantino. Aparentaba haber estado escuchando toda la conversación. Su nombre era José Luis Hernández, pero era más conocido como Exulto debido a la suya propensión a divertirse, a no ser nada más que un alegre e ir divirtiéndose de lado a otro sin mover un dedo y, tal vez, porque no era capaz de ver el Apocalipsis en el que se encontraba. Aún así, era también una persona bastante culta, cuya época literata favorita es el romanticismo y que seguía el Carpe Diem como su propio mandamiento. Hay que decir que, en la época en la que se encuentra, es muy difícil culturizarse, hecho que sólo estaba destinado para unos pocos.

-¿Así que nuestro Gobernante Mayor no va a mover un dedo por pillarnos bebidas alcohólicas?
-Así es –dijo Constantino- hecho que alabo. Hay cosas más importantes que invertir en bebida, no tenemos riqueza suficiente para ello y hay cosas más importantes que comprar.
-No lo veo tan claro. –dijo Exulto- Con los beneficios que sacamos de la exportación y la venta a turistas podríamos sacar suficientes beneficios como para importar de Lorca suficientes bebidas para todo el mundo. Y las sobrantes se venden a turistas y se amortiza una pizca.
-¿Pero qué dices? –dijo el cura- Ese dinero, ese poco dinero que se generaría se invertirá directamente en cosas mucho más necesarias, necesarias para que este pueblo prospere, tales como herramientas y similares.
-Pero, a pesar de todo, para que este pueblo prospere una pizca. ¿No tendrán que pasar al menos más de 30 años?
-No necesariamente.

Exulto gruñó.

-Sí, según mis cálculos. –dijo Exulto- Por eso digo que, tanto esfuerzo y sacrificio es innecesario, disfrutemos nuestro tiempo ahora que vivimos. Pues, treinta años que pasemos aburridos, trabajando, para que luego algún pueblo con pocas armas, que ya serían más que las nuestras, nos ataque y nos mate a todos o, peor, que nos roben todo nuestro aburrido trabajo y cosechas, y que se queden todas nuestras herramientas conseguidas con esfuerzo, con eso, echarían por la borda todo nuestro esfuerzo. Mientras que, si ese dinero ganado con sacrificio lo invertimos en disfrute, ese disfrute ya estará disfrutado y no nos lo podrán arrebatar. –Constantino miró al suelo, intentando esquivar la dura mirada de Exulto, quería replicarle pero no se le ocurría nada en ese mísero momento. Exulto, para mayor sufrimiento de Constantino, le cogió de la barbilla y le obligó a mirarle directamente a los ojos- Y eso que te digo es cierto, tan cierto que ya ha pasado. Dos pueblos, a poco más de 5 km de distancia uno de otro. Uno donde trabajaban, otro que no, que sólo pensaban en disfrutar y en armarse. ¿Qué pasó? ¿Qué pueblo vive ahora y cual está derruido? Conoces tan bien como yo el caso de Norlevante, entre Fuencislada y Nueva Sueca, justo al norte de las ruinas valencianas. ¿Verdad?
-Sí... –dijo Constantino con esfuerzo- lo.. lo conozco.
-Nada más.

Exulto soltó al cura y se largó. Constantino se acarició la cara, parecía preocupado.

-Tranquilo Constantino, sabes tan bien como yo que lo de Norlevante fue un caso aislado y que la desinformación es lo que prima en nuestros días. Sabes perfectamente que él no lleva razón.
-Lo sé, pero me preocupa que el resto del pueblo no lo crea así...
Publicado por Desconocido @ 17:00  | Prosa del grupo
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