martes, 07 de junio de 2005

El gerontohurto

Esta se trata de una de mis últimas historias cortas escritas y que parece que así será como la última historia que suba al blog. Esta historia la escribí en un momento de aburrimiento para la web
Teclados Callejeros con el título El Ladrón, pero decidí cambiarle el título a la historia debido a que El Ladrón no era un título lo suficientemente cutre. Bueno, aquí tenéis, no esperéis algo genial pues la escribí rápido y mal.

EL GERONTOHURTO

-¿Está claro el plan?

La gente que le rodeaba en ese mísero sótano de pub de mala muerte le miraban escépticos a sapiencia de la escasa oportunidad que tendrían de sacar adelante el plan. Él, Jaime Rosseau, alias "el gabacho", era el único que creía que todo saldría bien. No era tan difícil. Acercarse a la vieja, entrar en su casa, acostarse con ella (si hacía falta) y por la noche desaparecer con todo lo que se le pueda arrebatar.

-¿Está claro? Repito.
-¡Sí!

La gente que le rodeaba eran ya demasiados para compartir el botín que podría arrebatar una sol persona. Pero es que Lorena, alias "la novia del gabacho", no se podía guardar los secretos y se lo fue contando a cada uno del pueblo, con tan mala suerte que todos callaban si se les daba una parte, exigiendo, que sino se lo contaban a la policía y escapando todos juntos a Francia, para evitar una caza segura. Allí se encontraban unas 40 personas, aproximadamente, encontrándose desde el carnicero al que compraba carne (obviamente) Lorena, el peluquero de Lorena, las compañeras de peluquería de Lorena que se encontraban justo en el instante en el que se fue de la lengua e, incluso, la madre de Jaime Rosseau, alias "la madre del gabacho", la mayor opositora a llevar a cabo el robo pero dándole tiempo a quejarse y a exigir un pellizco.

-No sé por qué tenéis que hacer estas cosas, si trabajando duro también puedes conseguir ese dinero. Yo soy la que necesito robar para vivir, porque con esta cadera y esta pensión de dos duros no me da ni pá comer decente.
-Bien, de acuerdo, mañana, a eso de la tarde, iré para su casa. No tardaré mucho, como vive sola no hay ningún problema. Vosotros me esperaréis con el furgón de Mudanzas Pérez, que traerá nuestro querido vecino Pérez, y cuando se duerma ¡ZAS! Toque al móvil, abro puerta, desvalijamos y largamos ipso facto. Mínimo nos sacamos millones de euros.

A la mañana siguiente, el Gabacho se encontraba de los nervios. Era el mayor golpe que iba a llevar a cabo. Bueno, no, el primero. Bueno, tal vez no el primero, una vez compró una revista en la tienda de la esquina y al tendero se le olvidó cobrársela. ¿Eso cuenta como hurto? Es igual. La tarde tardó en llegar pero, cuando llegó, azotaba su sol de las cinco como látigos de tortura física de tiempos pasados. Jaime apareció en la casa de la Vieja bien vestido y afeitado. ¡Que raro afeitarse! Le recibió el, aparentemente,
mayordomo del hogar. Temió que le fastidiase el plan pero recordó que por muy mayordomo que se sea siempre se cumplen unos horarios como en cualquier otro trabajo.

-¿A venido a ver a la señora Gutiérrez?
-Sí, sí.

El presunto mayordomo le echó una mirada altiva y de desprecio, como presumiendo y acertando que el Gabacho era de clase baja.

-Pase al salón con el resto.

¡O no! Había más gente. Tendría que esperar a que todos se fuesen. Está claro, todo el mundo duerme a alguna hora y a esa hora aprovecharía y ¡ZAS! todo lincado.

-Hubiera sido un buen detalle haberle traído unas flores.
-¿Flores? ¿Por qué? ¿Es hoy su cumpleaños?

Y entonces la vio. Inerte, acostada, pálida, rodeada de pino oscuro y flores con rótulos de "Descanse en paz" y similares. Gabacho se cayó al suelo, de rodillas, y se llevó las manos a la cabeza.

-¡NO! ¿Por qué? ¿Por qué?

Y comenzó a llorar, su plan se había ido al garete.

-Pobrecillo, la quería mucho.

Pero esto no quedaría así. Cogió todo lo que pudo: ceniceros, algo, lo primero que vio y pudo coger, y salió por patas. Mostró luego el hurto a los demás y se pasaron el resto de su existencia buscando la forma y manera de repartir tres ceniceros, cuatro rosas y dos pastelillos entre los cuarenta que eran. Y nadie se quería quedar sin su parte del botín.....

FIN




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